lavar-pies

¡ESO ES GRANDEZA!

“…se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido” (Juan 13:3-5).

    Jesús sabía cuán grande era. Dios le había dado todas las cosas que honraban su Nombre; provenía de una genealogía real y poseía un origen divino; y aún más, tenía un destino eterno, porque sería glorificado por el Padre con los honores más altos, excelsos y sublimes. ¡Eso es grandeza! Ningún rey en la tierra ha tenido eso. Ni aún Salomón con toda su riqueza, sabiduría y gloria humana. Ni los más grandes magnates petroleros del medio oriente. Ni los que han acumulado fortuna por herencias o negocios hábilmente ejecutados.

   Considera ésto: grandes gobernantes, artistas y celebridades; en sus palacios de ensueño, con miles de subordinados o millones de fans, jamás se levantarían de una mesa para ofrecer ayuda a sus asistentes, excepto para publicidad electoral o comercial. Dice la Biblia que el corazón es engañoso. La grandeza tiende a corromper el alma con más rapidez que la bacteria más letal o el veneno más mortífero.

   El Señor Jesucristo, el más grande en los cielos y en la tierra, estaba en la cena especial en vísperas de la Pascua. ¡Se levantó de la mesa! Leímos bien, se quitó el manto, tomó una toalla, puso agua en un lebrillo, comenzó a lavar los pies de sus discípulos y luego los enjugó con la toalla. Un detalle a considerar es que, los hizo sin prisa y poniendo atención en cada uno de los doce. ¿Tenía sentido? ¿Había algo extraordinario en aquel acto? Absolutamente. Estaba ejerciendo la tarea ordinaria de un esclavo de la familia. No de cualquiera, sino del más ínfimo, de menor categoría, el de menor importancia para la sociedad, a quién ni siquiera se miraría a los ojos para decirle: “gracias”. Por amor, asumió el servicio menos reconocido para enseñarnos el secreto de la grandeza.

   Aunque no seamos tan grandes como otros en la tierra, aprendamos hoy a levantarnos de la mesa de la comodidad o el orgullo, a quitarnos la túnica que nos limita para llegar a los menos favorecidos; y usar lo que Dios nos ha dado para servir y mostrar su amor.

  Por Constantino Varas